Mi primer trabajo fue en 1997, con 17 años, de camarero en La Tasca el Pollo, en Benicàssim.
Un verano eterno: entrábamos a las 8:00 de la mañana y salíamos pasada la medianoche. Como llegaba dormido no tenía cara para servir desayunos, mi rutina era sencilla pero agotadora: doblar manteles y enrollar cubiertos, para el servicio de comidas.
Ese verano fue peculiar: se suspendió el FIB (que se hacía en el velódromo) por un temporal (con Blur en cartel), entre medias acabé 20 días de baja por un esguince tras caerme por las escaleras del restaurante y a finales del verano serví de madrugada al grupo Jarabe de Palo.
Aprendí cosas que hoy parecen triviales pero que en hostelería eran armas de supervivencia:
• Calcular el cambio al vuelo.
• Recordar lo que alguien había pedido la última vez o su bebida favorita.
• Llamar al cliente por su nombre.
Aún así fui un camarero novato y lamentable.
⚡ Pero lo que más me marcó fue el último día. Leoncio y Toribio, mis jefes, me llamaron al despacho y me dijeron:
“Diego, no es que no sirvas para la hostelería, pero el año que viene no te vamos a llamar.”
No me dolió. Al contrario: me dejó libre. Me abrió los ojos para buscar un camino distinto.
💸 Ganaba 100.000 pesetas al mes (unos 1.200€ actuales). Y, ahorrando cada céntimo, conseguí comprarme lo que más soñaba: un Pentium II con 128MB de RAM, botón turbo y un monitor LG de 17 pulgadas. En aquel momento, era tener una nave espacial en mi habitación.
Ese verano duro me pagué mi primer ordenador, y también me dio la certeza de que podía elegir otro futuro.
Hoy pienso en esas palabras como un regalo: a veces el mayor acto de liderazgo no es empujarte a seguir, sino dejarte ir para que encuentres tu propio rumbo.
👉 Y así, de un verano doblando manteles, nació mi primer paso hacia la tecnología, el diseño gráfico con Freehand y Photoshop, crear música techno con Impulse Tracker y, años después, hacia el emprendimiento.
